Dos cuadras sin aire

Poemas de la guerra

Arlin Buyert

Traducción de Laura Chalar


La carta era pesada,
no quería abrirse.
Yo la tuve en la mano un rato,
y luego sobre la mesa de la cocina.

Mi amigo quemó su tarjeta;
el humo lo llevó
a la cárcel de Stillwater.
Yo me enrolé en la Armada.

Después, mi corazón en la cárcel.
Después, oía silencio
en el rugido de un motor a reacción.

Algunos cuentos, algunas canciones

Darío Iglesias

Prólogo de Nelson Díaz

Con el tiempo mi padre me explicó que por algún motivo, los gatos los ahuyentan. Él había tenido uno que había vivido casi veinte años, y decía que ya era hora de adoptar otro. Cuando llegué de la escuela al día siguiente, me esperaba una caja de cartón en la cocina de donde salían unos maullidos casi imperceptibles. Le pusimos Pantaleón. Era negro, y con el tiempo se hizo grande como una mochila. Se supone que gracias a él dejaron de aparecérseme los Brosniedros, pero yo sabía que seguían ahí. 

La Clínica

Caracé Olivera

La Clínica era una típica casa reciclada del centro, con una claraboya corrediza encima de un patio central alrededor del cual se acumulaban las piezas, los baños y una cocina donde las chicas, entre el ruido de los cubiertos y una pintarrajeada cháchara, sentadas a una mesa como la de cualquier buena familia, apenas contenidas en mínimas tangas y tacones, comían pollo con arroz y acompañaban sus ademanes de caricaturas de Daumier con sorbos largos de vino negro. Una vez terminada la cena, formando una estudiada figura de básica coreografía, la tropa de mujeres empezaba a desfilar por el patio exhibiendo desbordes de brazos, viejas fortalezas enfatizadas que habían sido orgullo y vil metal (absoluta publicidad), trastes, miradas, pechos eternos, a una tribuna muda de imbéciles machos apilados en los sillones y sillas, las caras largas, los hocicos clavados en el veneno de los vasos.

Bajo la noche

Horacio Verzi

Me ha llegado la noche. La veo. La siento. Esta inmortal hija del caos y madre admirable del sueño y de la muerte. El mejor momento para ocultarse y auscultarse, para la emboscada o la huida. Ni siquiera los héroes homéricos que prefirieron una vida breve pero gloriosa pudieron eludir la noche y el repaso. También antiguos poetas versearon que sólo los mortales somos capaces de mudar en noche el día, y así valer algo apenas cuando soñamos. Lo habrán dicho por aquello de que el músculo duerme y la ambición descansa. Y por añadidura, a lomo del sueño y de la muerte la confirmación de que en el interior profundo todos somos asesinos en potencia, que el asesino nunca duerme, que siempre acecha.

Desde las vísceras


Amanda Budhatt

No puedo sino escribir poesía
Quizás prosa o algún verso suelto
Privado de coherencia amarilla

Habrá magulladuras en mis dedos
El día en que los artilugios no vengan a mí
¿Tendrá la taza suficiente café?

Me arrimo a ideas disparatadas
Nacen, fluyen y abundan en esta cabeza
Que siendo ovalada parece contrahecha.

El papel y el placer 2

María José Borges
Victoria Estol
Laura Fedele
Vika Fleitas Campamar
Léonie Garicoïts
Lorena Giménez
Victoria Gómez
Liliana González Gugelmeier
Mercedes Martín
Virginia Mórtola
Mayra Nebril
Alicia Pérez
Sofía Ponce de León
Cecilia Ríos 
Patricia Rivero
Mercedes Rosende
Patricia Scalone
Verónica Varela
Leticia Zuppardi Milich 

Si este libro se transformase algún día en obra de teatro, perfectamente podría, al menos durante unos segundos, convertirse en una pieza de luces apagadas, muchos olores y sutiles caricias a los espectadores. No es que crea que lo erótico o lo sensual impliquen renegar de algunos sentidos. En absoluto. Quienes ven y quienes oyen tienen la posibilidad de percibir miradas y de oír formas de discurso que solo se dan durante una relación sexual (relación y sexual en el más amplio sentido de cada término). Sin embargo, considero que para representar la fuerza que tienen algunos episodios de estos cuentos de El papel y el placer 2, donde los olores de la escena, el sabor de los cuerpos y el tacto oportuno son las figuras, no estaría mal priorizar otros sentidos menos explotados. Si este libro fuera una obra de teatro a oscuras y en silencio, el público, privado de ver y de oír, no tendría más remedio que sentir lo que estuviera sucediendo en el aire. El deseo es diverso y universal.
(Del prólogo de Leticia Feippe)

Los diarios de Zulema

de Beatriz Dávila







El día más emocionante en la vida de Zulema fue cuando, lápiz de grafo en la mano, pudo escribir la primera palabra. Curiosamente la primera palabra que escribió no fue ni “mamá” ni “papá” ni “sal” ni “oso”: la primera palabra que escribió con enormes caracteres, como corresponde a todo recién iniciado, fue “DIARIO”.

Retratos de bellos y de bestias / Homenaje a Jean Genet

de Suleika Ibáñez



Subió la escalera hacia la muerte, el santo, el amante, el asesino, el muerto,
pues la escalera subía paso a paso y caía paso a paso, como todas las escaleras,
subía hacia el pecado, hacia los enloquecidos espejos que reflejan de pie, de cabeza, en sus aguas oscuras, pero siempre con una rosa roja en el corazón,
y por exceso de amor a nada, a todo, subía a matar o morir,
vestido de locura, de la tela traslúcida de los elegidos, la tela de gala y horror, parecida a las olas del océano, a las sábanas del amor, a los hábitos manchados de sangre, a las alas de los pájaros negros del olvido en el alba,
y cuando bajó, su voz era de color azul de flor exótica, y sus ojos flechas ajadas por el viento hacia ninguna parte,
y la sangre resbaló por el mármol, y escaleras abajo, de caminero de púrpura salvaje que los dioses pisaron temblando.