Dos cuadras sin aire

Género Oriental (Fantasía - Terror - Noir - Ciencia Ficción - Cosas raras)


Inglaterra tiene su tradición de ghost stories. Francia, su grand guignol.  Estados Unidos, su Weird Fiction. Japón, sus kwaidan. En Uruguay tenemos un puñado de “raros”, que según Ángel Rama no escriben fantasía, sino que “interpelan a la Naturaleza”.
Aquí van, entonces, más raros. Gente sin prejuicios y hasta con orgullo de serlo. Gente sin respeto por el Realismo, que escribe cuentos de ciencia ficción, terror, fantasía, policial o, por no haber mejor forma de definirlo, cosas raras.

Relatos de:
Andrea Arismendi
Nina Blau
Horacio Cavallo,
Eduardo Cuadrado
Carolina Cynovich
Pablo Dobrinin
Juan Andrés Ferreira
Luis Gómez
Darío Iglesias
Matías Larramendi
Pedro Peña
L. F. Phipps
Melina Regalini
Lucía Rehermann
Mercedes Rosende
Renzo Rossello
Rodolfo Santullo
Brunella Tedesco
Henry Trujillo
Bolivar Viana
Guzmán Vila

Edad de Hielo / Ice Age

Brian Daldorph
Trad. de Laura Chalar


Alzheimer

invierno
en su rostro, cerebro, manos.

el invierno ha llegado
y el invierno lo sigue de cerca.

Primero cortaron los pinos


Pablo Fernández

El ómnibus ruidoso pasa bajo el arco
recorre la principal
y nos deja en el parador
percibo el aire distinto apenas bajar
mi abuela carga el bolso
caminamos tres cuadras largas hasta el chalet.

Fútil


Santiago Monzón

En el camino todo brillaba mucho, tal vez por la hora que era, agarró su celular para saber la hora y estaba apagado, sin batería, miró su muñeca y el reloj tenía las manecillas detenidas, le preguntó al chofer pero extrañamente no obtuvo respuesta, volvió a preguntar pero el conductor tenía sujeta la mirada en la calle, y no pudo ver sus ojos en el retrovisor a causa de unos oscuros lentes que llevaba puestos, así que bajó la ventanilla, comenzó a sentir un olor en el aire a sal, y supo que era la hora correcta.

Cierzo y otros textos


Laura Chalar

pensándolo bien, esto me gusta más que desaparecer, me gusta casi tanto como caminar por la Ciudad Vieja en una mañana de sol almidonado, limpia como una sábana, y ver cómo los abogados caminan hacia sus empleos con los trajes planchados y las polleras frescas, cómo los balcones se alargan al cielo y el puerto brilla a la vuelta de la esquina, me gusta casi tanto como mi jardín escondido donde reina una torcaza sobre la plebe de chingolos

Bifrost

Marcelo Damonte

Todos los locos han venido a parar a este barco. Quién sabe cuál sea el motivo. Oswald es brasileño, aunque nunca dijo el lugar exacto de su procedencia. Lo encontramos en una isla de las tantas que brotan en la confluencia del río Negro con el Amazonas, cerca del puerto de Manaos, en ocasión de poner pie a tierra para conseguir unos troncos gruesos para reparar los postes que sirven de sostén al techo de la barcaza; estaba sentado en posición de loto, masticando pedazos de carne reseca.

No quería subir al barco, tenía los ojos rojos y la mirada perdida en algún lugar ignoto, en otro planeta. El sol y el hambre habían hecho presa de él. Según oí que le confesaba a Ángela, había vivido entre los caribes y había probado la carne humana. Ese hombre delira permanentemente, de eso no cabe la menor duda. No prueba bocado regularmente y casi no bebe agua. Habla muy poco, y cuando lo hace no cesa de repetir que quien come carne humana no necesita alimentarse por mucho tiempo. 

Menú de guerra


Julio Cesar Guianze

Yo tenía frío, estaba cansado y me dediqué a mirar por la ventana.
Mamá preguntó:
—¿Por qué, doctor?
El médico explicó el proceso, su origen, les efectos inmediatos y las consecuencias finales. Después, enumeró los saberes y las posibilidades de la ciencia moderna.
Mamá volvió a preguntar en el mismo tono:
—¿Pero por qué, doctor?
El médico no contestó.

Surco y gavilla

de José María Obaldía


Aquí estamos
y estaremos.
Sobre esta tierra vacía
y tan llena de silencios.
Aquí estamos
y estaremos.
Bajo estos cielos plomizos,
alumbrando  nuestro invierno
con candiles de recuerdos.
Aquí estamos

y estaremos.   

Poemas de la guerra

Arlin Buyert

Traducción de Laura Chalar


La carta era pesada,
no quería abrirse.
Yo la tuve en la mano un rato,
y luego sobre la mesa de la cocina.

Mi amigo quemó su tarjeta;
el humo lo llevó
a la cárcel de Stillwater.
Yo me enrolé en la Armada.

Después, mi corazón en la cárcel.
Después, oía silencio
en el rugido de un motor a reacción.

Algunos cuentos, algunas canciones

Darío Iglesias

Prólogo de Nelson Díaz

Con el tiempo mi padre me explicó que por algún motivo, los gatos los ahuyentan. Él había tenido uno que había vivido casi veinte años, y decía que ya era hora de adoptar otro. Cuando llegué de la escuela al día siguiente, me esperaba una caja de cartón en la cocina de donde salían unos maullidos casi imperceptibles. Le pusimos Pantaleón. Era negro, y con el tiempo se hizo grande como una mochila. Se supone que gracias a él dejaron de aparecérseme los Brosniedros, pero yo sabía que seguían ahí.